Decepcionado
con el rumbo político de su admirado Bonaparte al hacerse coronar Emperador “¡ahora sólo obedecerá a su ambición…!”Beethoven sustituye el segundo movimiento de su Tercera Sinfonía “Heroica”op.55;
la marcha triunfal deja lugar a una marcha fúnebre: el duelo por un héroe.
La Marcia
Funebre: Adagio assai es la pieza más célebre de la primera gran
sinfonía beethoveniana, el monumento
que rompe las costuras del clasicismo orquestal.
Sobre
un ritmo de marcha procesional se alternan
un primer tema doloroso y amargo, con
un segundo más dulce y libre que es
sometido en todo momento a la tiranía
andante de la marcha, no sin visitar, en su parte central, los placeres del
desarrollo fugado en los segundos
violines.
Hans
von Bülow, el legendario director alemán, se ponía unos guantes negros para
dirigir esta pieza ¿se puede ser más elocuente? Creo que no…
Mejor
no añadir nada y escuchar el movimiento completo con la Filarmónica de Viena,
dirigida por Erich Kleiber, otra leyenda:
No hay labor más grata, y casi inagotable, que la de invitar
al Castillo a la ingente nómina de compositores del XVII; tantos y de tan alta
calidad que la tarea se convierte en un descubrimiento continuo de tesoros
semiocultos.
Pietro CESTI (1623 - 1669) también conocido como Marc’Antonio debido a su nombre
religioso, padre Antonio d’Arezzo, nació en esta preciosa localidad toscana. Su
formación musical comienza en Roma, se cree que como discípulo de Abbatini y
Carissimi. A partir de 1651 Cesti escalaría los más altos peldaños de un hombre
de su oficio: estrenos operísticos en Venecia, maestro de capilla en Innsbrück, cantor de la capilla Sixtina en Roma,
tenor y compositor en la
Florencia de los Médici, vice-maestro de capilla en la corte
imperial de Viena... En fin, en el panorama italiano, junto a Luigi Rossi y Giacomo
Carissimi, lo más selecto de su época;
“la luz y la gloria de la escena profana” o “miraccolo de la Música”
según Salvatore Rosa.
Entre 1662 y 1665, durante su segunda estancia en Innsbrück,
además de obtener el título de Marqués, compuso una buena cantidad de Cantatas,
Canzoni amorose, sobre textos de
Sbarra y Apolloni, poetas de la corte.
Mia tiranna es un precioso ejemplo de su delicado arte que “sobresale en la expresión del ardor y
la ternura, allí donde los sonidos explican los tiernos impulsos de un corazón
que ama, donde el amante solitario languidece y recuerda, donde se describen
delicadas ensoñaciones” (H. Kretzchmar). Una Canzona de contenida expresión dramática que nos muestra la suave vocalidad y el sutil cantabile de
las melodías de Marc’Antonio Cesti, y
que pasamos a escuchar en la interpretación del contratenor René Jacobs
acompañado por un continuo de William Christie, clave; Jaap Ter Linden,
violonchelo; Konrad Junghänel, tiorba.
Aún siendo casi inclasificable el estilo y su evolución en
Alexander Scriabin, intentamos sistematizar su obra en etapas e influencias.
Tras un primer período romántico chopiniano-lisztiano, en una segunda fase evolutiva podemos
rastrear la descomunal influencia de Richard Wagner (la dinámica, el cromatismo,
el misticismo) así como, no tan lejana a la anterior, la escuela impresionista
francesa (con Claude Debussy a la cabeza) en la técnica de atmósfera irreal, hipnótica, ensoñadora,
deconstuída...
La Sonata
para piano n. 4 en Fa sostenido Mayor op.30 compuesta en 1903 es buen ejemplo
de lo antedicho, con ese carácter de romanticismo decadente necesitado de
nuevas vías expresivas, donde la tonalidad se va desvaneciendo. La más breve de
sus Sonatas, está escrita en dos movimientos:
Andante sosegado
pero expresivamente seductor, erótico para algunos críticos; un vuelo lírico
que finaliza en el attacca al Prestissimo volando de impulso
beethoveniano y que alcanza su culminación orgiástica en la restitución del
tema del Andante.
Vivamos esas sensaciones de la mano de Vladimir Sofronitsky, gran intérprete de Scriabin:
Tratando de aligerar el Castillo, vamos levantando brumas y despejando
ambientes, dejando en el aire un cierto sentido de Tristeza (Saudade) en
atmósferas más diáfanas que surgen del ritmo más vital: el Latido.
En los años sesenta tenía lugar la exportación mundial, vía
Estados Unidos, de un viejo arte musical que se hacía llamar nuevo, la
Bossa
Nova, reformulación intimista y culta de la Samba. A través de su
exitosa fusión con el Jazz norteamericano llegaría crear uno de los pilares fundamentales
del Jazz Latino. Nombres como AC Jobim,
Vinicius de Moraes, Joao Gilberto... eran la punta de lanza
de esta refinada estética musical.
La cantante Astrud
Gilberto (1940) tras su colaboración neoyorquina, casi accidental, con el
saxofonista Stan Getz, envolvía su
voz plateada y directa con el celofán del rico y profundo organista de Recife Walter Wanderley (1932-1986) para
editar en el prestigioso sello Verve “A
Certain Smile – A Certain Sadness” (1966) demostrando, de nuevo, que para el
talento uno más uno pueden ser mucho más que dos.
Basado en el ritmo, contenido, imparable, vitalista,
primario, sensual, Astrud y Walter nos enseñan la música como vida, en sentido estricto
y amplio.
Los que sepan, o se atrevan, ya están tardando en mover el
esqueleto... con soave tristeza de
fondo.
Nunca tan de actualidad ha estado la tragedia griega, la
diaria y la Inmortal. En
medio de la hecatombe de una civilización, no tan sólo económica, no resulta
ocioso y sí muy coherente volver la vista hacia los orígenes, allí donde fue
creado el pensamiento que aún podemos llamar moderno ¿por cuánto tiempo?
Sírvanos la reciente desaparición del gran compositor Hans Werner Henze (1926-2012) como
sentida excusa para volver a Eurípides,
el amigo de Sócrates, y a una de sus tragedias: Las Bacantes. La lucha
entre la racionalidad (Penteo, rey de
Tebas) y las pasiones (el dios
Dionisio, ó Baco); pero no solo, sino también, el conflicto entre el
autoritarismo y la libertad, la convivencia entre la norma y el sentimiento, el
espíritu libertario y la degeneración dogmática, la intolerancia en el
individuo y la histeria social, con moralidad de fondo, que nos lleva a
preguntarnos con el maestro Henze “¿qué
es la libertad? ¿qué significa la represión, la revuelta, la revolución?
Eurípides es llevado hasta nuestro tiempo” y tanto, diría yo...
A partir del libreto escrito en inglés por WH Auden y C
Kallman “The Bassarids” (1966)Henze recoge la tradición
operística de Richard Strauss pasada por la mente de Alban Berg (algunos críticos apuntan al sinfonismo de
Mahler) dando rienda suelta a una partitura luminosa y poderosa, lírica y
dramática por igual, pura narrativa musical tan corrosiva y áspera como la
poesía de su musa Ingeborg Bachmann,
y servida con el eclecticismo del sabio “me
parece más interesante y más generoso ser ecléctico que no serlo” . El estreno tuvo lugar en el Festival de Salzburgo 1966 en traducción al alemán, Die Bassariden.
Así el maestro, con orquestación lujuriosa, se mueve con soltura en los confines de la
tonalidad para crear los claroscuros que tanto contribuyen a las tensiones
dramáticas, el conflicto perenne, de la ópera; obra en un solo acto que está
subdividida, a la manera sinfónica clásica, en cuatro movimientos que,
basándose explícitamente en JSB, comienza en la forma Sonata y termina en un
sensacional Passacaglia, tras haber recorrido el Scherzo-Trío y el Adagio-Fuga.
Un viaje monumental, para que allí en medio de la histérica bacanal de las
Bacantes (seguidoras humanas de Dionisio)
la propia madre, Ágave, despedace al hijo, Penteo.
Escuchemos dos momentos gloriosos del sensacional cuarto
movimiento: Coro de Bacantes y percusión
(vídeo Barbebleuei)
El lírico lamento de Penteo:
(vídeo Barbebleuei) RIAS Kammerchor Berlin Radio Symphony Orchestra Gerd Albrecht
Como
bien dejó demostrado el poeta más hermoso, la poesía es la música de la
literatura; pues bien, el Generalife es la música de los jardines.
Adorable residencia veraniega de los sultanes nazaríes, un asombro que simboliza el jardín de oasis, el jardín umbrío, cerrado e íntimo que colma la verticalidad de los cipreses-columnas, y donde canta el agua, en los
surtidores, en las fuentes, en las escaleras, en las albercas, ... dejando una
etérea y vaga sensación de agradable tristeza. La recreación del Paraíso
musulmán. El Jardín del Amor hecho Arte. El Arte hecho Amor. La música de los jardines.
Un
paraje donde es más fresco el aire, más pura el agua, y el Suspiro del Moro,
más cercano y audible ¡pobre rey chico! Un lugar de quietud y placer, o en palabras del imprescindible Baudelaire: lujo, calma y voluptuosidad.
Esta
evocación se hace música en la primera Impresión
Sinfónica de Noches en los Jardines de España: I. En el Generalife, para
orquesta y piano de Manuel de Falla.
Un Nocturno con aires de misterio y luna,
luna... mora.
Falla
nos ofrenda una orquestación táctil,
de textura y timbre impresionistas, que simula el frescor de la brisa veraniega
en la ondulación del trémolo de la
cuerda y las ráfagas del arpa, a la
par que permite al piano gotear entre
todos los matices del verde, aquí y
allá; y saturado el oído, ponerse a fluir
libremente para introducir el segundo tema que mana en unos metales in
crescendo, reflejos de luz lunar, manteniendo siempre la unidad melódica, perfumada de azahar.
Sublime
de las hojas, antes
tan silenciosas en los arbustos,
nos sigue ahora muy de
cerca.
-Ingeborg Bachmann-
Para quien suscribe no es concebible un otoño sin nieblas ni
oscuridad, sin setas ni castañas; sin la sonoridad sombría, el melodismo popular,
y el complejo ritmo de la música de Johannes
Brahms. Defectos que a uno le adornan...
El vigoroso engarce del cuarteto de cuerda y del piano
refuerza la sensación de obra maestra que, tras su costosa metamorfosis, nos
presenta en todo su esplendor lo que Konrad
Wolf llama la Definitiva Personalidad de Brahms: romanticismo de juventud apuntalado por el más puro clasicismo y por un
estimable espíritu de experimentación que llevaría a Schönberg a hablar de Brahms,
el progresista.
El descomunal Quinteto para Piano y Cuerda en fa menor
op.34 nació como Quinteto de Cuerda(dos violonchelos) para convertirse,
ante la crítica negativa del violinista Joseph
Joaquim, en una Sonata para dos Pianos op34b, la cual tampoco convenció a Clara Schumann, por su desaprovechada riqueza
temática, y terminar en ese fenomenal hallazgo que es el conjunto
cuerdas/piano, del cual diría el director Hermann
Levi que era bello más allá de las
palabras, una obra maestra de la música de cámara.
Fabulosa partitura de aroma schubertiano, tanto por su increíble riqueza melódica basada
en un despliegue temático apabullante -casi
no hay freno en la aparición de nuevos temas, sin tiempo para su desarrollo-
como también por una afectuosa paleta armónica por su propia configuración
instrumental, y un cromatismo más allá del XIX.
1.Allegro non troppo: turbio, complejo, enérgico, trágico y
lírico a la par, el movimiento arranca en un conocido y adictivo tema principal
que va abriendo paso a una complejidad rítmica y múltiples líneas musicales que
cobran vida mientras saltan de atril en atril.
2. Andante, un poco Adagio: límpido, tierno, ambiguo y otoñal
al albur de la ondulante gracia schubertiana
del piano
3. Scherzo. Allegro: electrizante, sincopado, desasosegante scherzo que solo amaina en el fugato que introduce el Trío central.
(vídeo ArRubMusic)
4. Finale: tripartito, disonante, vasto y opulento
. Poco sostenuto: introducción en
ascenso cromático
. Allegro non troppo: desparrame
temático de sentimiento inestable.
. Presto non troppo: amplio y robusto
canto de dramatismo creciente.
(vídeo ArRubMusic)
Athur Rubinsteirn y el Guarneri Quartet dan vida a la partitura.
Una personalidad, Brahms, como la copa de un pino, con
raíces de Mozart y tronco de Beethoven, que asciende por las ramas de Schubert...
y sus hojas nos siguen ahora muy de cerca.
Conocí someramente a Joan Manuel Serrat en blanco y negro,
merced a su espantada de Eurovisión ante la ofendida negativa ¡en esas estamos!
del régimen dictatorial a utilizar la lengua catalana, al menos en alguna
estrofa, en la interpretación del empalagoso tema festivalero; a la vez que
llegaban a los viejos tocadiscos monofónicos sus primeros singles y EPs en
lengua castellana, ante el asombro y el enojo ¡en esas estamos! de conspicuos
integrantes de la Nova
Cançò.
Pero descubrí al Serrat de colores, de simas y de pompas,
austero y engalanado, poeta y músico, con el álbum Dedicado a Antonio Machado,
poeta (1969). Ahí se forjaría, a mi entender, la carrera del mejor cantautor,
poeta-músico, de este país, estado, nación, españa, patria, realidad
plurinacional, península o como diablos quiera cada uno llamarle.
Y no era sencilla la tarea de llevar a la partitura las letras
austeras y profundas, burlonas y desoladoras, amargas como una Generación, del
poeta de los álamos y los chopos. Pero Joan Manuel tenía la capacidad de entrar
al fondo del poema y, haciéndolo suyo, elevarlo en acordes vitales, añadiendo
risa y llanto, melodía y declamación, olmos y estelas...
Buceando y entresacando de los poemas de Machado la médula del Arte,
cargándoles de su personal dicción, y añadiéndole los deliciosos y delicados
arreglos orquestales de Ricard Miralles,
Serrat fraguó un álbum hondo y redondo, popular y culto, animoso y desolador.
A un Olmo Seco, madera y vida entre trompas de metal:
(video treguamelancolica)
Del Pasado Efímero, costumbrismo, cinismo, realismo:
(vídeo caujag)
La Saeta, el desgarro de un pueblo en un dramático y
desgarrador crescendo:
Luigi Boccherini (1743-1805) recordado y valorado por su
deliciosa música de cámara, dejó escrita una única obra lírica: La Clementina (1786)
Viudo y recién llegado del exilio de su patrón Luis de
Borbón, recibió el encargo de dicha obra por parte de María Faustina
Téllez-Girón, condesa viuda de Benavente y duquesa de Osuna, para su salón
privado. La aristócrata impuso el libretista, Ramón de la Cruz, así como los
intérpretes. La obra original fue en castellano y con partes habladas,
argumentos que sugieren una zarzuela (o protozarzuela); una versión posterior,
en italiano, el enredo de la nobleza con subtrama del servicio, y el elegante
vuelo melódico de ansias belcantistas, nos configuran una ópera a tiempo
completo.
Lo menos admisible es llamarle barroca, pues un evidente estilo
galante, con claro rigor puramente clásico, destila toda la partitura.
Elegancia, contención, refinamiento, gracia, distinción, delicadeza, pureza,...
en suma, clasicismo, que nos remite inmediatamente a Haydn y Mozart.
Escuchen el aria de Clementina “Ahimé, cor mio”
(vídeo Barbebleuei)
Elena Rizzieri Orchestra della Radiotelevisione della Svizzera Italiana Angelo Ephrikian
Tal vez el más fascinante, original y seductor corpus
pianístico de entre siglos (XIX-XX) sea el colorido universo de Alexander
Scriabin (1872-1915)
En especial, su colección de diez Sonatas para piano nos
llevan, no solamente desde un mundo decimonónico romántico hasta una galaxia
moderna donde la tonalidad se va disolviendo en un magma místico y alucinatorio, manteniendo una vívida elocuencia siempre explícita y excitante; sino que nos
abre ante los ojos auditivos una explosión de color, de cromatismo demencial y
denso.
Un viaje a través de atrevidas armonías y relámpagos de
original dramatismo que comienza a la alargada sombra de un tal Chopin,
alumbrado por destellos del Liszt más atrevido, en una partitura con fuerte
carga emocional, escrita mientras nuestro compositor curaba su mano derecha de
los destrozos ocasionados por las piruetas lisztianas. Así suena su Sonata para
Piano N. 1 en fa menor op.6 en la interpretación de Vladimir Ashkenazy:
1. Allegro con fuoco: dos temas, apasionado y melancólico por
orden de aparición, con desarrollo turbulento:
2. Adagio:
profundamente triste, en forma ternaria: