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domingo, 10 de mayo de 2015

La Sonata de Vinteuil


Pocos escritores, y cuando digo pocos debiera decir ninguno, han podido superar a Marcel Proust en la capacidad para expresar emociones a través de la paleta de palabras; estamos evocando En Busca del Tiempo Perdido y a su protagonista Charles Swann.

Emociones aprehendidas a través de los sentidos, un placer sensual por tanto, que se convierten en un ideal estético que trae al presente el pasado, y se proyecta sin límites temporales, a través del propio ser, convirtiéndose sin saberlo siquiera en alguien distinto.

Sentidos como el gusto, en el asunto “magdalena”, o la vista, como los campanarios de Martinville, son un buen ejemplo de evocación temporal. Pero el clímax sensorial llega a través de una pequeña frase musical, surgida de una Sonata para piano y violín escuchada en el salón de Mme. Verdurin, que se convierte en la banda sonora de la novela, centro y atención de su amor por Odette de Crécy. Viene y va, etérea como su materia, a través de toda la obra para recobrar el tiempo, haciéndolo desaparecer.

Nunca ha quedado claro, ni siquiera en la correspondencia del escritor, cuál es la fuente musical y el nombre real del personaje ficticio de Vinteuil. Wagner, Schubert, Saint Saëns, Hahn… ? creo que todavía sigue en cabeza la opción Franck: César Franck y su Sonata para violín y piano en la mayor. Una cumbre, un soporte y la evolución de la música de cámara francesa del XIX; esta Sonata cíclica y cuatripartita (Allegro ben moderato - Allegro - Recitativo Fantasia - Allegro poco mosso) es sin duda el lugar más adecuado para buscar la frase proustiana.

Pero mejor me callo ya, y dejo hablar al genio:

“Le gustó mucho ver cómo de pronto, por bajo la línea del violín, delgada, resistente, densa y directriz, se elevaba, como en líquido tumulto, la masa de la parte del piano, multiforme, indivisa, plana y entrecortada, igual que la parda agitación de las olas, hechizada y bemolada por la luz de la luna. Pero en un momento dado, sin poder distinguir claramente un contorno, ni dar un nombre a lo que le agradaba, seducido de golpe, quiso coger una frase o una armonía. No sabía exactamente qué era lo que, al pasar, le ensanchó el alma, lo mismo que algunos perfumes de rosa que rondan por la húmeda atmósfera de la noche tienen la virtud de dilatarnos la nariz. Quizá por no saber música le fue posible sentir una impresión tan confusa, una impresión de esas que acaso son las únicas puramente musicales, concentradas, absolutamente originales e irreductibles a otro orden cualquiera de impresiones.”

(...) 

“Y así, apenas expiró la deliciosa sensación de Swann, su memoria le ofreció, acto continuo, una trascripción sumaria y provisional de la frase, pero en la que tuvo los ojos clavados mientras que seguía desarrollándose la música, de tal modo, que cuando aquella impresión retornó ya no era inaprensible. Se representaba su extensión, los grupos simétricos, su grafía y su valor expresivo; y lo que tenía ante los ojos no era ya música pura: era dibujo, arquitectura, pensamiento, todo lo que hace posible que nos acordemos de la música. Aquella vez distinguió claramente una frase que se elevó unos momentos por encima de las ondas sonoras. Y en seguida la frase esa le brindó voluptuosidades especiales, que nunca se le ocurrieron antes de haberla oído, que sólo ella podía inspirarle, y sintió hacia ella un amor nuevo.” 

(...)

“La frase despertaba en él la sed de una ilusión desconocida; pero no le daba nada para saciarla. De modo que aquellas partes del alma de Swann en donde la frasecita iba borrando la preocupación por los intereses materiales, por las consideraciones humanas y corrientes, se quedaban vacías, en blanco, y Swann podía inscribir en ellas el nombre de Odette. Además, la frase infundía su misteriosa esencia en aquello que podía tener de falaz y de pobre el afecto de Odette. Y al mirar el rostro que ponía Swann, cuando la oía, hubiérase dicho que estaba absorbiendo un anestésico que le ensanchaba la respiración. Y, en efecto, el placer que le proporcionaba la música, y que pronto sería en él verdadera necesidad, se parecía en aquellos momentos al placer que habría sentido respirando perfumes, entrando en contacto con un mundo que no está hecho para nosotros, que nos parece informe porque no lo ven nuestros ojos, y sin significación porque escapa a nuestra inteligencia y sólo lo percibimos por un sentido único.”

Si les parece bien pueden hacer la búsqueda en esta versión de David Oistrakh, violín, y Svjatoslav Richter, piano:


(vídeo Wolfgang Amadé Mozart)

domingo, 25 de enero de 2015

Desde Bergen

                                                               
                                                                        Winter in Bergen
                                        by kind permission of Klaus Meyer (norwegianlight.com)

Casi con toda seguridad Edvard Grieg es el compositor noruego, nacido en Bergen, más conocido en el vasto universo de la llamada Música Clásica. Y en gran parte es debido a una obra sinfónica: las suites para orquesta Peer Gynt.

Grieg fue parte destacada del colectivo Euterpe que hizo frente al germanismo musical imperante, abanderando una escuela popular de profunda fibra romántico-nacionalista.

Pero Grieg es mucho más que una obra. En concreto su Concierto para piano y orquesta en la menor op 16  consiguió un lugar destacado en el gran repertorio romántico casi desde su estreno en Roma en 1870. Tomando como modelo el Concierto de R. Schumann, sus gélidos aires escandinavos, mecidos entre un profundo lirismo y un virtuosismo à la mode, fueron alabados hasta por el mismísimo Liszt (en especial su cadencia final le dejó boquiabierto)

Dicho Concierto, breve pero intenso, se estructura en tres movimientos:

I.   Allegro molto moderato: dos temas bien definidos, una danza popular “halling” y una elegía, que se desarrollan amplia y globalmente.

II. Adagio: música nocturna que expande, a través de las cuerdas con sordina, la bruma sobre el fiordo. Poesía musical para la chimenea. attaca

III. Allegro moderato e marcato-Quasi presto-Andante maestoso: una nueva danza que contrasta con un suave cantabile hasta la explosión de la cadenza final.

Escuchemos los dos últimos movimientos en la lectura que el legendario Svjatoslav Richter, el gran pianista cálido y romántico, ofreció en Praga en 1977 acompañado por la Orquesta Filarmónica de Moscú dirigida por Kiril Kondrashin. Una gozada, se lo aseguro.


(vídeo Barbebleuei)