Padre, confieso que he pecado.
Antonín Dvořák (1841-1904) nunca ha sido objeto de mis preferencias. Su sinceridad expresiva, bello melodismo y riqueza armónica no pueden borrar un estilo conservador, de raíz folclórica nacionalista con pretensiones clasicistas. Siempre agrada nunca asombra; confortable pero no sublime. En términos generales y subjetivos, sus obras aúnan esa dualidad, quizás con la excepción del Concierto para violonchelo.
Rusalka (1901), su penúltima ópera, ese cuento de hadas, es un buen ejemplo. Su maestría en la orquestación ofrece atmósferas místicas, de belleza irreal, que sin llegar a emocionar resultan adorables. La conocida Canción a la luna “Měsíčku na nebi hlubokém “ es un paradigma de lo explicitado.
Adjunto seis interpretaciones dedicadas a los comentaristas asiduos:
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Luna, que con tu luz iluminas todo
desde las profundidades del cielo
y vagas por la superficie de la tierra
bañando con tu mirada el hogar de los hombres.
¡Luna, detente un momento
y dime dónde se encuentra mi amor!
Dile, luna plateada,
que es mi brazo quien lo estrecha,
para que se acuerde de míal menos un instante.
¡Búscalo por el vasto mundo
y dile, dile que lo espero aquí!
Y si soy yo con quien su alma sueña
que este pensamiento lo despierte.
¡Luna, no te vayas, no te vayas!
Gabriela Benacková, para Golaud, el Príncipe
Renée Fleming, para ximo (je, je)
Anna Netrebko, para Papagena (lo siento, Papa)
Karita Mattila, para Titus (todavía no sé bien por qué)
Lucia Popp, para maac, un fan
Frederica von Stade, para Pilar, porque sabe donde nacen los dioses