
Gustav Mahler - Gordon Shaw
No se alarmen, no voy a hablar del Círculo de quintas; tampoco sabría. Con este geométrico título quiero referirme a
Las Sinfonías de Mahler son auténticos tapices poliédricos, pero aquí quiero hablar de una órbita elíptica en la interpretación de esta Quinta, situando como centro al propio Mahler, por su mayor o menor proximidad al espíritu compositivo, que desde cada personal foco mantiene siempre su propia perfección geométrica e incluso su bella excentricidad.
La vibrante y sólida, sin reciedumbres, arquitectura sonora del monumento mahleriano, que construyó González se apoyaba en dos columnas maestras: por un lado, en la clarificación del ambiente sonoro, siempre diáfano y eufónico; y por otro, en el absoluto control de dinámicas, amplias pero aseadas, arrolladoras pero pulcras. Así el edificio abundó en una amplia expresividad, a la vez amena y atractiva, más aún tratándose de una sinfonía larga y agitada. En el aspecto estilístico, el maestro optó por la implicación humana, contenida, nada mística pero de una intimidad que huyendo del romanticismo se afirma en el expresionismo de sus bruñidos metales cromáticos, y en la evolución de sus propios estados anímicos.
Ia. Trauermarch: desde la fanfarria inicial, asociada por algunos a la Quinta de Beethoven, sensacional prestación de trompas, trompetas, trombones y tuba en todo este inmóvil movimiento, soporte sonoro de él, contrastado en la nostálgica melodía de los violonchelos. Unos bronces que aportaban toda la pompa de las elegías mayúsculas.
Ib. Stürmisch Bewegt: vehemencia interpretativa, agitación interior, descarnada y humana que sacude de manera precisa, muy precisa, a todos los atriles. Posiblemente el momento más eficaz, dulce y redondo de la interpretación.
II. Scherzo: más anodino el excesivo scherzo, de ritmo vienés, popular y elegante en su danza, pero algo extraño y ajeno, como mirado desde fuera, tal vez buscando una distancia preventiva.
IIIa. Adagietto: el célebre movimiento, regalo de bodas de Alma Mahler, fue leído con hondura, pero sin el arrobo suficiente en las cuerdas más agudas. Dejó flotando un sentimiento sin huella en el alma, salvo en aquellos íntimos pasajes en los que el amor intenso del compositor deambula, ingenuo, entre las violas y los violonchelos
IIIb. Rondo-Finale. Allegro: la monumental polifonía, en forma fugada, con rasgos de ironía y desapego, tiende a la alegría vital, con la, ahora sí, óptima asistencia de todas las secciones, y de nuevo, el fulgor del metal rematando el proyecto.
Un gran Mahler, personal, elíptico, embridado, tal vez no genial pero con la talla suficiente para exclamar, con la últimos acordes todavía resonando, un sentido y también contenido ¡Bravo!
Desde la Goldener Saal del Musikverein (otro monumento) escuchemos el comienzo de la Quinta Sinfonía de Mahler bajo la dirección de Leonard Bernstein:


Pocas veces he visto una atención tan exquisita hacia los cantantes, arropándoles hasta con sus propios brazos. Extraordinario en los concertantes, sosteniendo solícito el peso y el control de la enormidad musical. Una pena que la orquesta, la