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martes, 9 de diciembre de 2008

Kabanová y el Volga, en la distancia

Al final del primer invierno del actual otoño resultaba muy estimulante una escapada veloz y breve al Teatro Real. La excusa no era la belleza arquitectónica del teatro lírico madrileño. Más bien se trataba de concelebrar con él el estupendo ciclo Janácek que viene programando en los últimos tiempos. Esta temporada se sube al escenario su Katia Kabanova, una ópera de apogeo o madurez o como quiera denominarse dejando claro que es cosa genial. Añadamos al deseo, una competente protagonista, Karita Mattila, una orquesta motivada y en expertas manos, Jirí Belohlávek, y un húmedo montaje de reflejos y suicidios de Robert Carsen; más los correspondientes “ruegos y preguntas” de habituales del Castillo llamando a capítulo.
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Como al final la impotencia mudó el deseo en melancolía, tiro de teoría para sustituir el dolor por placer.
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Kát'a Kabanová (1919-1921) escrita sobre un libreto del propio Leos Janácek, basado en “La Tormenta” de Ostrovsky, es una trama claustrofóbica sobre el amor y la libertad contrapuestos al deber y la opresión. El lenguaje musical alcanza aquí su madurez y se hace más directo y brutal al rebufo de imponentes dinámicas. También más vanguardista en el tratamiento de la armonía, la personalísima tímbrica y la prepotencia de ritmos repetitivos e irregulares contra los que lucha y se derrota la melodía, creando en esa tensión la estructura musical. Belleza atrayente y desasosegante, una gema con poder psicológico cuyo aroma es hoy reconocible en Kaija Saariaho.
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Para la ilustración musical tengo a mano un par de tomas sonoras del final del Acto III, con la misma soprano y el mismo director musical en el Met neoyorquino (cortesía de Operalou). Una forma de recrear en audio un viaje abortado:


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PS: Para Pilar, con cariño y tristeza.