
. Confieso que había pecado. Días antes de la presentación en el
Via Stellae de la primera ópera consistente de
WA Mozart, había visionado y escuchado el estreno acontecido en
Aix-en-Provence, y me había envuelto en serias dudas sobre el acercamiento de
Minkowski a esta ópera seria y por momentos arcaica. Arcaica y seria pero moderna en sus concertantes, y en su humanismo, y, desde 1781, con la semilla evidente de sus futuras obras maestras (
quién no adivina Le Nozze en el trío “Pria di partir”, el Cosí en el aria “Zeffiretto lusinghieri”, el DG en la marcha del acto III, la reina de la noche en el personaje de Elettra o la honda intensidad del Réquiem en el coro “Oh voto tremendo").
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Sin duda las malas vibraciones hogareñas fueron tan sólo una pesadilla que se desvaneció en cuanto
Les Musiciens du Louvre –Grenoble atacaron los primeros compases de la obertura. La explicación a este contraste todavía la ando buscando, aunque barrunto algunas causas: la frialdad mecánica del montaje de Olivier Py claramente anti-dramático, el foso del Arzobispo donde sudaba Minkowski, el azul provenzal de la noche de Aix propicio al naufragio, o quizá la urgente revisión de mi equipo esterofónico…
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M. Minkowski.
Mientras indago más profundamente en esa discordancia, prefiero reseñar que en directo apareció un
Idomeneo salvaje, profundo, vital, esta vez oceánico e inmortal, con la carga intacta de mitología y el dramatismo de lo humano. El gran artífice, el sumo sacerdote, el capitán del bote de rescate, fue sin la más mínima duda
Marc Minkowski, un Neptuno reconvertido, que impulsó, de nuevo, de sus fantásticos
Musiciens un
tsunami de sonidos que literalmente arrasó las primeras cuarenta filas del Auditorio de Galicia dejando espuma en las paredes. Sería redundante, pero lo haré, hablar de
brillantez cegadora,
impetuosidad exacerbada,
colorido ameno,
dinamismo extremo,
conjunción instrumental,
texturas en altorrelieve,
salvajismo arrollador,
convicción máxima, (
incluso trompas bien controladas) para describir esta interpretación de un Mozart desaforado, impetuoso, feroz, vitalista, joven y robusto. Esta orquesta, con Minko, es fascinante, y en Santiago dC, un
milagro.
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Junto a ellos conviene ya resaltar la magnífica labor del
Cor de Cambra del Palau de la Música Catalana, ardiente y fogoso como los instrumentistas. Realzando la tragedia desde una profundidad religiosa y suavizando las tensiones en unos
apianados de puro céfiro.
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Como ya comenté la versión era de concierto pero con cierta dramatización por parte de los cantantes, y con la orquesta sobre el escenario, a tope de decibelios, llegando a tapar las voces en algún contadísimo momento, tal vez en demasía para los puristas. En el aspecto vocal comenzaré señalando que el reparto es bastante homogéneo en su conjunto salvo el tenor del rol titular que está uno o dos peldaños por encima del resto. También reseñar que el elenco masculino le ganó claramente la partida al de féminas.
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R. Croft.
Richard Croft –
Idomeneo- interpretó de forma prodigiosa y arrebatadora. El tenor lírico norteamericano regaló una lección de canto basado en una belleza tímbrica que en el agudo semeja irreal, casi divina. Redondo, robusto en los graves, de fraseo distinguido y dotado de unas agilidades alucinantes, dejó anegado el recinto con su
aria di bravura “Fuor del mar” realmente fuera de lo común, sencillamente sublime. Uno de esos momentos que guardas para siempre en la zona de fácil acceso del cerebro. Vitoreado hasta el escándalo. Un lujazo.
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Yann Beuron –
Idamante- (
Minkowski ofreció la versión de Viena de 1786 para tenor) fue una agradable sorpresa, pues partiendo de un material vocal no muy bello y algo velado supo superarlo con una línea de canto consistente y musical que realzaba la bondad del personaje y sus propias limitaciones. Memorable su rondó del acto II
“Non temer, amato bene” de una delicadeza
cosifantutteana.
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Xavier Mas –
Arbace- magnífico en su breve desempeño, dotado de unos graves sólidos y una emisión poderosa, bordó su aria
“Se il tue duol” ganándose la primera gran ovación de la velada.
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Colin Balzer –
Gran Sacerdote- bello de timbre y elocuente de interpretación.
Luca Titotto –
Voz de Neptuno- de instrumento regio y solemne, aunque algo inestable.
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Sophie Karthäuser –
Ilia- joven soprano lírica belga de voz algo pequeña, un tanto heterogénea, no especialmente bella, pero de canto ligado y elegante, siempre controlado, especialmente en los momentos tiernos y delicados. Lamentablemente fue apagándose en el acto III tras regalarnos una hermosa
“Zeffiretti lusinghieri” sumergida entre los vientos.
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Mireille Delunsch –
Elettra de voz áspera, desabrida, tendiendo al agudo chillado, pero de convincente dramatismo y en cierta manera adecuada a la evolución desequilibrada y maléfica del personaje, que cerró con una espeluznante
“D’Oreste, d’Aiace” muy vitoreada.
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La obra se cerró, muy acertadamente, con su
ballet K367; unos quince minutos de música instrumental que dejaron irremediablemente ahogado de placer al público, e Idomeneo rescatado para siempre, y más salvaje que nunca.
¡Mozart ES vida!.
Algunos momentos de la representación de Aix:
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